Dos Hippies en la Mili.


Niebla Púrpura

Semi Hippies, en la milicia.

Esto ocurriò cuando hice mi Servicio Militar, en la època en que Pablo Aguilera tenìa un programa en Radio Chilena: “Alto Voltaje” y se transmitìa en gloriosa AM como a las 18 hrs. En el último tercio del siglo pasado
Francisco y el suscrito habìan llegado como siempre a juntarse con el resto del piño macoñero de la Escuela en el tronco de eucaliptus que se encontraba al piè del Valle de las Lagrimas, para cumplir con el sagrado ritual de echarse algo por los pulmones escuchando el programa en cuestión que transmitía el rock que para la época sonaba.
Comenzaba a oscurecer y hacìa frìo, por lo que todos andàbamos con chaquetòn.
Eramos como 10 navegantes màs allà del bien y del mal, arrullados por el efecto de los andinos que era la ùnica yerba que se conseguìa por entonces. Estàbamos relajados, nada podìa hacernos daño ni preocuparnos; éramos, en ese instante, dueños de nuestras vidas. Conversábamos de lo divino y lo humano, disfrutando de ese raro compañerismo surgido en lo contradictorio de la situación en que nos encontrábamos: semi hippies haciendo el Servicio Militar. Teníamos, a esas alturas, más que claro que aquello que hacíamos tenía bastantes riesgos pero aún así, no nos privábamos. Tratábamos de cuidarnos y no cometer errores estúpidos porque a final de cuentas no éramos estúpidos, tal vez inconscientes o irresponsables, como cualquier cachorro  humano desbordante de testosterona, energía y algo de tiempo libre.
Estábamos en plena época de entrenamiento, duro entrenamiento por lo demás, así es que veíamos como lógico el regalarnos ese trozo de vida civil que hasta hace unos meses cada uno de los que allí concurríamos había tenido.
Pero, tarde o temprano el edificio de segura impunidad que nos habíamos conseguido, se podía venir abajo. Era cosa de tentar al destino un número suficiente de veces para que los resultados comenzaran a sernos adversos. Y así fué.
En la radio sonaba Purple Haze, de Jimi Hendrix, cuando vemos que otro soldado, con las solapas del chaquetòn levantadas se acerca hacia donde estàbamos. No le prestamos atenciòn y seguimos con la ingesta, hasta que demasiado tarde nos damos cuenta que era el Cabo Q; No sacàbamos nada con hacernos los inocentes si el olor  era imposible de disimular. Cagamos-pensè-.
Cabo Q:    ¿De què compañìa son, hay alguno de mi compañìa?
Fco. y yo:  Firme, mi cabo.
Cabo Q:      Ya, el resto a sus cuadras, Uds. conmigo acà (refirièndose a nosotros dos).
Fco. y yo:  No decìamos nada, sòlo sudàbamos completamente sobrios a esa altura.
Cabo Q:       ¿No saben que por esta mierda pueden ir a parar a la Fiscalìa?
Fco. y yo:   No, no sabìamos mi cabo. ( En realidad sabíamos porque una de las primeras cosas     que aprendimos fué el Código de Justicia Militar)
Cabo Q:        Ya par de huevones, los pillo de nuevo los cago sin làstima, sanciòn avisada no es        deslealtad. Ahora los quiero cero falta para la formaciòn de retreta.
Fco. y Yo :   A su orden mi cabo. Media vuelta y azotamos del lugar, agradeciendo a todos los        santos por la salvada.
Pasaron los dìas y no ocurriò nada fuera de lo normal, evitàbamos encontrarnos con el Cb Q, y cuando lo veìamos nos hacìamos los tontos, nada màs. Pasábamos por su lado como sombras, ingrávidos y sutiles.
Pero nuestros sobresaltos no habìan terminado.
El dìa Viernes salìamos de franco, asì es que nos preparamos para ello. Estábamos en la fila de los que salían mirando hacia la calle a unos metros de nosotros cuando nos llega la noticia como un tablazo en el cràneo: ” A ver Uds. dos- nos dice el Cabo de guardia- mi Capitàn L, los espera en su oficina”.
F  y Yo: ¿A nosotros?.
Si a Uds. mamitas-replicò-.
Con Pancho, nos miramos y consternados entendimos que la suerte se habìa acabado y que debìamos comenzar a pagar nuestra deuda.
Tratando de que el camino se extendiera hasta el infinito o que ocurriera cualquier cosa grave para no llegar, nos encaminamos a la oficina del Capitán L.
A este oficial, en la compañìa lo admiràbamos una enormidad porque ademàs de ser un excelente comandante en todo lo que ello implica, era justo, aunque terriblemente jodido.
Entramos.
Cap L :    Me llegaron rumores de que Uds. fuman marihuana.
Yo      :     Si mi capitàn, yo fumo marihuana.
Pancho:  Yo tambièn, mi capitàn.
Cap L :     Desde cuàndo que fuman?
Yo      :      Desde hace tiempo, desde antes de entrar al Servicio.
Cap L :      ¿Y Uds. son los que le convidan a los de las otras compañìas?
Nos.  :        No mi capitàn.
Cap L :      Uds. ya saben que lo que han estado haciendo es un delito, castigado por la Fiscalìa y   que yo  ahora debería raparlos al cero, pasearlos por el patio de la escuela vestidos en   Baby Doll (el camisòn de dormir que usàbamos), y darlos de baja.
Nos    :       No sabìamos eso mi capitàn.
Cap L  :     Ahora lo que quiero saber: ¿Se encuentran capaces de seguir cumpliendo con su servicio o  aparte de marihuaneros son unos ratones de mierda?
Nos    :        Somos capaces, mi capitàn, la yerba no mata.
Cap L  :      Bien, los estarè observando, una cagada que se manden y los parto por el eje. Tienen      prohibido ser de los ùltimos. Y Ud.- dirigièndose a mi-, su comandante de escuadra lo tiene           como el mejor de la secciòn asi es que và a tener que esforzarse màs que el  resto. No quiero           verlos pidiendo agüita en las salidas a trotar, van a apechugar hasta el fondo,¿Estamos?
Nos    :      A su orden mi capitàn.
Cap L  :     Si màs adelante se dan cuenta que no son capaces, hablan conmigo para solucionarlo.
Nos    :       A su orden.
Cap L  :      Eso es todo. Van a salir franco con el resto, pero les aviso para que no digan que deslealtad:   les voy a esperar a la llegada y los voy a revisar a Uds. y su equipaje, asi es   que cuidadito con  andar con leseras. ¡Retírense!
Nos    :       A su orden mi Capitán, no le fallaremos.
De màs està decir que al regreso y antes de entrar por la guardia, tiramos nuestra provisiòn por arriba de la reja que estaba al fondo de la escuela y que daba al peladero, al final de nuestro bienemado Valle de las Lagrimas, que así le llamábamos a la cancha de obstáculos que alguien con algún extraño sentido de sádico humor había implementado.
Y de esa manera, fueron enhebrándose los sucesos que nos llevaron a Pancho y a mi a acabar con nuestro período de conscripción sin mayores dramas, lo pudimos hacer. También, acabé siendo la primera antigüedad de la Compañía, la Tercera Compañía de Ingenieros de Combate.
Y aunque parezca tonto, no puedo dejar de agradecer por el criterio del Capitàn L., tal vez si hubiera hecho lo que el Còdigo de Justicia militar le ordenaba, habrìa cagado nuestras vidas al puro cuete pero el hombre, imagino que con sus aprensiones lógicas, decidió que no éramos unos incapaces a priori y corrió el riesgo. Y no se equivocó.
Me gustaría pensar que el Capitán L, por esos raros guiños del destino, llegara a leer esto que he escrito…
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4 respuestas a Dos Hippies en la Mili.

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Exprésate, opina; esa es la idea, con una salvedad: si quieres trolear vé a otro lado.

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