CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973.


AUTOR: KURILONKO

Palacio de la Moneda, visto desde el Edificio Norambuena, 11 de Septiembre de 1973

Palacio de la Moneda, visto desde el Edificio Norambuena, 11 de Septiembre de 1973

“-¡ Tirador!…¡un tirador acá!”…- escuchó, a pesar del estruendo generalizado y la conmoción que le provocaba encontrarse junto a su compañero herido sin saber qué hacer. El era un tirador. No en vano llevaba en su manga el círculo azul con el escudo de Chile que le acreditaba esa especialidad y que jamás pasó por su mente fuese a ser requerida en una situación real, aunque no le sorprendía. De hecho, lo que estaba sucediendo era una verdad que como soldado tal vez ansiaba, pero, al ver la magnitud del daño provocado por el balazo que algún emboscado había propinado a Farías, le hacía replantearse seriamente la locura en que estaba metido al percibir ángulos y matices que en el entrenamiento nadie se imaginó y, por segunda vez en esa mañana de Primavera concluyó que si no se avispaba algo trágico podría pasarle, mas, no era su decisión estar o no estar, simplemente bailaba con la música que otros habían elegido.

No había escapatoria de los acontecimientos que habían comenzado a concatenarse bastante antes de que él siquiera asimilara la idea de vestir el uniforme verde olivo. Estaba en Santiago de Chile, en mitad de la Avenida Bulnes a unos 50 largos metros de la vereda poniente, desde donde su comandante de sección le requería.

Vaciló, agachado sobre el cuerpo del camarada, impotente y asustado por sus gestos de dolor. Miró hacia el lugar a donde debía llegar, pensando en qué momento el que había tumbado a Farías se decidía por anotarse otro tanto y le disparaba. Sintió lo mismo que cuando a uno le ponen un dedo en la espalda. Inquietante.

Entonces vió venir a la carrera al Cabo Matamala, enfermero de la Compañía y a dos soldados que traían una camilla y así, la responsabilidad por el herido salía de sus hombros y pasaba a los de aquéllos.

Corrió tratando de ignorar en que tal vez, tal vez, el idiota ubicado en alguna parte de los edificios que quedaban a sus espaldas estaba esperando quizás qué para hacer fuego.
A la entrada del Cine Continental, le esperaba el Teniente Cuadra con el resto de su sección. Advirtió la preocupación que cruzaba los rostros de sus amigos y camaradas: esto no era un simulacro ni entrenamiento. A pesar que en este punto ya todos tenían claro lo que estaba sucediendo, la gravedad de la situación no se podía pasar por alto, más aún, la llegada del herido en la improvisada camilla agregó una dosis de dolor al inminente riesgo en que estaban. Vió la cara de su compañero y no pudo dejar de sentir que podría ser él quien estuviera en esa situación, mirándolo hacia arriba desde el pavimento.

En el 5º ó 6º piso del Ministerio de Obras Públicas, ese edificio que está allá, -dijo el Oficial, señalando con un dedo-, hay un francotirador. Usted con Farfán irán al edificio de Contraloría que es ese que está por esta misma vereda y se ubicarán en un punto más alto que el de su objetivo. Va a tener que entrar a algún departamento, así es que antes, calcule más o menos en dónde tendría que ser. Si no les abren, actúe de acuerdo a las circunstancias. Usted- me dijo- tiene la responsabilidad de la misión. Cúmplala.

A su orden-dije- sin ponerme firmes ni decir su grado, tal como se había dispuesto. Aunque en ningún momento me dijo en qué consistía la misión, tampoco necesité preguntarle: estaba más que claro que iba por el o los francotiradores. Lo miré, antes de dar media vuelta y partir con una sensación contradictoria de fondo. Lo que se me ordenaba hacer no era un chiste, él lo sabía; sabía el significado que para la vida del hechor
tendría ese acto terrible pero, asumí que al mismo tiempo me creyó capacitado para llevarlo a cabo. Por otra parte, el hecho de ser acompañado por Pancho, mi amigo, me daba una dosis de fortaleza y tal vez comprensión.

Ya, Pancho, vamos- le dije a mi yunta-, comenzando a encaminarnos hacia el lugar que nos habían indicado en medio de un nutrido contingente de distintas unidades que se dirigía a la carrera, tal como nosotros, a sus puestos.

Las amplias y pesadas puertas de relucientes barrotes de bronce del edificio de la Contraloría estaban abiertas. El vestíbulo era un revoltijo de civiles con el rostro marcado por el temor e incertidumbre y uniformados que entraban y salían. En un rincón, en una especie de altillo al lado del comienzo de las escalas, dos soldados heridos sangraban formando un sólo charco que lentamente iba creciendo. Pálidos de dolor, apenas se quejaban. Finjimos la entereza y aplomo que tal vez un experimentado soldado, sobreviviente de lejanas guerras tendría.

Subamos por las escaleras-dije-.
A tu orden,-con ironía me contesta Pancho-.

Primero vamos a instalarle la mira a este aparato-pensé en voz alta-.

Nos sentamos en una ancha escala semicircular y de mi morral saqué la caja que contenía la mira telescópica, que justamente esa misma mañana me habían entregado en Arsenales de Guerra : Carl Seizz.

Conocía ese modelo, aunque nunca había tenido una nueva en mis manos. Era sumamente sencilla de montar. Lo que me descomponía era que, al menos así lo decía la teoría, para desempeñar la labor por la que estaba allí, mi arma debió haber sido una carabina Máuser, por el alcance y velocidad del proyectil y no un fusil de asalto, pero bueno, era lo que tenía y no estaba en condiciones de cambiar la situación.

Bajo el alza del fusil Sig, hay un espacio cónico donde se mete una pieza que vá en la base del soporte de la mira y que calza justo, no hay cómo equivocarse, a prueba de idiotas. La parte trasera de éste se oprime hacia abajo para hacerla pasar por sobre una pestaña que tiene la caja de mecanismos del fusil y se asegura mediante un perno de cabeza redondeada y estriada que se aprieta con las manos. Fácil y bonito.

Retiro las tapas de plástico que cubren sus lentes y con un trapo amarillo que guardo dentro de la empuñadura del fusil, me doy a la tarea de limpiar los cristales. Estoy en eso cuando se acerca un mayor de infantería a quien no había visto hasta entonces, pero él sí había estado siguiendo nuestros movimientos y preparativos, y me dice que en el edificio de enfrente, o sea cruzando la explanada frente al Palacio de La Moneda, hay dos francotiradores moviéndose en el 5º piso entre las ventanas 4 y 11 desde la Alameda. Cubren toda la Plaza de la Constitución y algunos pisos del Edificio Norambuena. Tras el mayor nos observan algunos soldados de infantería con tanta cara de imberbes desconcertados como Pancho y yo. Intuían a qué íbamos, lo que íbamos a hacer.

Tenía clarísimo lo que me esperaba y se esperaba de mí. Nunca he sido un imbécil. Sólo que no le había tomado el peso, el significado y menos aún, lo que todo aquello que estaba viviendo iba a influir en mi vida, marcándola definitivamente. No dejaba de causarme una extraña sensación que a nosotros, Chile, nos estuviera ocurriendo lo mismo que con mayor o menor frecuencia leíamos en la prensa acerca de golpes de estado en el resto de Latinoamérica. Yo creía que éramos inmunes a eso. No lo éramos… y sí, me incomodaba.

Llegamos al rellano que desembocaba en el pasillo donde se alinean iguales puertas con sus números. Con Pancho nos miramos. Estábamos ahí. Lejanamente se escucha el sobrevuelo de helicópteros y disparos, muchos disparos. La subida por las escalas hasta el octavo, cargados con varios kilos de equipo, a pesar que nos hizo respirar con más fuerza y poner algo de temblor en las piernas, no nos había afectado, estábamos enteros. –¿Y si llegamos hasta ahí no más y nos devolvemos y decimos que no localizamos a nadie?-alcanzo a decirme.

¿Serís culo? (1)- Me pregunta con voz rara, sin mirarme directamente-.

Lo miro, y en él me veo. Quisiera que todo esto no estuviera ocurriendo. Quisiera despertar en mi camarote, en la Escuela. Tengo dudas y sé que no debiera tenerlas. No hemos hablado sobre lo que se viene, lo esquivamos olímpicamente pero sabemos que está ahí, planeando sobre nosotros. Intuyo que él no quisiera estar en mi pellejo.

No digas huevadas, mierda- le digo-, vamos a entrar a algún departamento que esté más o menos a la mitad de este pasillo, ¿hecho?.

Golpeamos una puerta. Nadie contesta.
Insistimos y desde adentro se escucha una voz: ¿Quién es?
Militares, abran-,contesta Pancho imperativo-. Lo miro asombrado.
Se entreabre la puerta y un hombre de unos cuarenta años se asoma.
Sin esperar invitación hago señas a mi compañero que entre y revise. Me quedo en la puerta con el sujeto.
Hay una mina no más aquí-,me informa Pancho-.
Bien, -le digo al civil-, necesito ocupar su ventana. Vaya a su dormitorio y quédese ahí hasta que le avisemos.

En esta parte del departamento había un comedor y un living independientes, enfrentado cada cual a sendas ventanas con visillos y la típica persiana americana de color verdoso.

Ya -dije-, abre las ventanas y deja las persianas arriba. Voy a instalarme acá adentro, ni huevón asomarme para que me llegue un balazo.

Empujamos la mesa del comedor hasta dejarla a unos dos pasos del borde de la ventana, me puse boca abajo sobre ella y armé el bípode del fusil para tener apoyo seguro. Con el ruido del mueble al ser arrastrado, aparece nuestro involuntario anfitrión con la interrogante en su cara y que, al verme tendido sobre su reluciente mueble hizo  ademán de querer decir algo pero mi socio le cortó toda posibilidad con un seco “salga de acá”.

Sonreí para mis adentros haciendo lo posible por animarme y convencerme que lo que estaba ocurriendo era algo totalmente normal y bajo control. Pancho entendía, había asumido la realidad en la que estábamos y que tenía que comportarse de manera independiente a sus sentimientos. Su parte era la de darme el apoyo necesario para ejecutar lo ordenado, que era lo que en el fondo importaba y creo, se sorprendió al constatar que era capaz de mandar a alguien sin tener que darle explicaciones.

Estoy instalado cero faltas,-le dije a Pancho-, que a estas alturas había sacado los binoculares de su morral y desde su ventana recorría la fachada del edificio que era nuestro objetivo. Lo hace demasiado pegado a aquélla, para mi gusto, y el riesgo que lo baleen es considerable, así se lo hago saber pero, no me presta la menor atención y sigue en lo suyo.

Mira,-me dice-, en la azotea hay como una antena de televisión grande, sigue derecho para abajo, tres ventanas. ¿viste? hay un pelotudo con casi medio cuerpo afuera, está pidiendo a gritos que se lo faenen.

P’tas, este rogelio ya no alcanzó a terminar el entrenamiento-respondo con sorna-, al tiempo que me saco el casco y lo dejo a mi lado. Acomodo la culata del fusil presionándola suave y firmemente con la mano izquierda contra el hombro y con la derecha sujeto la empuñadura para disparar desde la posición tendido. La tronera del cañón quedó acaso a un metro del borde de la ventana y a unos veinte centímetros por sobre el alféizar. Sin necesidad de moverme demasiado ni forzar la postura abarco desde el borde de la azotea, todo el frente del edificio y verticalmente desde ahí, unos siete pisos hacia abajo, o sea casi el nivel del primero.

Pongo el ojo en la mira y ubico la posición que me grita nuevamente Farfán: antena de T.V. grande, vertical hacia abajo tercera ventana, está sentado con el fusil apoyado en la ventana.

Lo tengo- le digo-, y me pregunto qué mierda está haciendo o qué vá a hacer; no entiendo… pareciera más bien un oficinista preparándose a fumar un cigarro con un café en la mano, y lo veo tan cerca por el efecto de la mira telescópica que puedo notar claramente que tiene el botón del cuello de la camisa abrochado. Atravesando el pasillo en el que se encuentra, a sus espaldas alcanzo a ver la puerta abierta de una oficina y sobre un escritorio la silueta inconfundible de un Kalashnikov, mis dudas y aprensiones se van a la mismísima mierda. Nada más que hablar.

Saco el seguro , aspiro profundamente y abro la boca para no sentir el retumbar del corazón sobre la superficie de la mesa. Tomo conciencia de lo que estoy a punto de hacer, lo irreversible de las consecuencias que mi acción acarreará para él y para mí. El mundo no será el mismo, nunca más. Me siento como un astronauta al que se le corta la cuerda que lo mantiene sujeto a la nave y vé como inevitable el quedar a la deriva en medio de un universo oscuro y hostil, cada vez más lejos de la raza humana, sus semejantes.

Lo que estaba sintiendo en ese momento no era ni parecido a lo que se imaginaba al ver alguna película de guerra. Ninguna relación con lo que muchos quizás piensan: algo terrible y épico a la vez. No, iba mucho más allá: una vida se apagaría y la otra tendría que cargar en sus espaldas y mente con el peso de esa acción. ¿Injusto? Tal vez, pero ¿Qué era lo justo en un mundo que de un día a otro estaba patas arriba y la fuerza de acontecimientos que otras personas por ceguera, ineptitud y sectarismo, lo empujaban hasta el borde de lo irremediable? Ciertamente era una amarga pócima la que se preparaba a tragar hasta las heces y era toda para él, metódicamente preparada, además.

Sin saber por qué, mira su reloj y comprueba que son las 12.40 Hrs. No han transcurrido 15 minutos desde que le fuera dada la orden pero a él le parece que hace mucho más tiempo que está acá, tirado de bruces sobre la pulida mesa del comedor de unas personas a quienes no ha visto nunca y espera no volver a ver tampoco.

¡Ya pués!-, me digo-, obligándome a entrar en el personaje que me ha tocado representar.

Todo deja de existir. En este plano de la realidad sólo estábamos mi objetivo, que se veía con el ceño fruncido y reconcentrado, mi fusil y yo. Siento que el corazón late con fuerza golpeándome en el esternón y al hacerlo, transmite el sonido a la mesa que, aumentado, llega retumbando a mis sienes. Recojo un poco la rodilla derecha hacia la cintura para que , al levantar la pelvis , se forme un espacio entre la madera y el abdomen y de esta manera, tener mejor control sobre la respiración y de ahí disminuir la oscilación vertical del arma.

El hombre había cambiado de posición, ahora lo veía de semiperfil pero exactamente en el mismo lugar. Parecía estar hablándole a alguien situado fuera del hueco de la ventana y de mi vista. Comienzo a respirar lentamente por la boca. La retícula de la mira la estabilizo justo en la cima del cráneo de mi blanco, atendiendo a que nos encontrábamos separados por unos 150 metros, por lo que mi proyectil daría unos centímetros más arriba de su oreja derecha. La suerte del tipo estaba decidida, le quedaban a lo sumo unos segundos más sobre este planeta, y él ni se imagina que le estoy mirando como un voyerista a través de un agujero en las duchas de las mujeres. Comienzo a apretar el disparador hasta el primer descanso (todavía puedo arrepentirme). Desde ahí quedan tres milímetros de recorrido para que se libere el percutor, la explosión y el proyectil salga.

Game over-pienso mientras termino de jalar el disparador.

El estruendo del disparo me sorprende, pero no retiro el ojo del ocular.

La bala entró donde había calculado. El hombre hizo una mueca parecida a una arcada y por la boca salió un borbotón de sangre al tiempo que levantaba la cabeza como si fuera a mirar al techo y desaparecía del agujero. No tuve ni me dí tiempo a pensar o a perderme en divagaciones filosóficas acerca del bien o del mal. Había visto a Farías herido por un francotirador y a otros soldados como yo, por lo que con un manotazo mental aparté esos escrúpulos. Esto es en serio y ellos también están tirando a matar, – me digo-.

Al abrir el ojo izquierdo para retirarme de la mira, alcanzo a ver alejado tal vez unos pasos de la ventana, al acompañante del muerto que fugazmente aparece para agacharse de nuevo. Unos segundos después, vuelto a enfocar el rectángulo, le veo mirar hacia afuera con una patética expresión. Usa lentes ópticos sobre los que cae una desgreñada cabellera. Pareció darse cuenta que la había cagado con esa mirada hacia afuera, pero no tuvo tiempo de rectificar ni agacharse nuevamente.
Este es huevón con ropa y todo– pensé-, mientras apretaba el disparador.

(1) ¿ Serás capaz, podrás? ¿ te atreves?

©2009. La Consulta de Kurilonko.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Debate, Mi mundo y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

17 respuestas a CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973.

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. Pingback: Articulo Indexado en la Blogosfera de Sysmaya

  3. Pingback: PORVENIR – Páginas que he abierto hoy – | La lectora y la Magia

  4. Ayer estuve después de leerte un poco más de media hora contigo, surgió aquí. Si no te importa te lo enviaré mañana o pasado. Hoy agotada doctor Romi, mis ideas peregrinas son demasiado peregrinas hasta para mí 🙂

    Un abrazo

    Me gusta

    • Con calma, María, hay tiempo. Estoy tratando de decidir el para qué lado dejaré que las historias que estoy enhebrando acá y en Luvia de Ranas se desarrollen, no lo tengo muy claro.
      Nos estamos leyendo, un abrazo y un beso.

      Me gusta

      • :-))

        He leído la respuesta, siempre linda y tierna que me da tu amigo. Y lo considerado que tú eres conmigo, y vuelvo a la cama a leer (he vuelto a hacerlo, desde que tengo cama y habitación propia :-))) después de este cigarrillo. Ya estoy terminando mi diván-escultura (menudo tute que me he dado con eso :-)). Es particular, como un patio de esos de la infancia en que todo se moja cuando llueve como todo lo demás pero es mi primera no sé qué pero mi primera de curro y esfuerzo intenso y me gusta condenadamente haber sido capaz de ponerme a ello y verlo ahí, surgiendo (a ver si no se me derrumba cuando me extienda cannábica sobre él). Abrazos :-))

        Me gusta

  5. Hola, doctor Romi 🙂
    Recién resucitando antes de seguir con las obras de mi casa, he venido a visitarte y dejarte un abrazo de buenas noches.

    Me gusta

    • Que alegría me has dado, María.
      Como habrás podido darte cuenta, he estado por razones de trabajo, alejado del escribir, pero no de visitar a los amigos.
      He estado en tu casa, en realidad en las dos: la virtual y la de tu Demos, y vaya!, que si has estado ocupada; se ve el trabajo que ha tomado el llevar a cabo los cambios que estás haciendo. Bien, muy bien por tí, amiga.
      Gracias por el abrazo, aquí vá otro, como de oso.

      Me gusta

  6. No veas que apego le cogí a mi diván-escultura. Me da la vida y vivo con más rayos de sol, que antes todo era penumbra.

    Me gusta

    • Se te nota un cierto aire resplandeciente, María, y eso es bueno.
      Me he pasado leyendo harto de tu blog, y de refilón he ido a parar a El Retorno de los Charlatanes, ¡genial…!, vendría a corroborar lo que nuestro amigo de Lluvia de Ranas piensa acerca de los magos y gurúses que pueblan este ancho mundo.
      Este post, Chile Septiembre…., es una parte de lo que he escrito y es como un Lego, que se complementa con algunas entradas del otro blog. La primera parte está secuestrada al interior de un disquette que no he podido desencriptar y que no soy capaz de reconstruir de memoria, asi es que veremos cómo lo podré solucionar.
      En fin, estoy tranquilo en mi nuevo trabajo, estabilizado mi mundo.
      Recibe un fuerte abrazo, amiga mía.

      Me gusta

      • Pregunta: sobre el inigualable último correo que me escribiste… ¿hasta que punto es privado y hasta que punto se puede editar bajo tu identidad y titulándolo, por ejemplo, por qué motivo mi ideología dice: No a la izquierda?

        ¡Carajo! Se me ha vuelto loco el portátil mientras escribía esto 🙂
        Me lo tomo como respuesta ¿?

        Me gusta

      • Contestando a los comentarios de María, puestos más arriba. (El orden de los factores no altera el producto). *)
        Graxs. por los besazos alegran mi almanaque.
        Respecto a lo otro: ¿Qué estás tramando María?
        Por mi parte no le veo objeción a lo que planteas, si piensas que se puede hacer algo con él y que amerita la atención que tu le has dado ( ¿Qué diría Llamazares?), no problemo amiga.
        Tal vez el portátil no se ha vuelto loco, es simplemente que Los Illuminatti, el Club Bildeberg, el judaísmo internacional and others han metido su cola. Todos conspiran.
        Con mi mejor abrazo desde el Sur del planeta.

        Me gusta

  7. almaes dijo:

    Me he sentido afortunado al leer tu comentario. Hacia tiempo que no visitaba tu blog y hoy con más tiempo, no quiero dejar de hacerlo. Tu relato sobre el asalto al Palacio de la Moneda me ha evocado esos tiempos en los que la juventud apenas dejaba espacio para la reflexión serena, todo sucedía tan deprisa, tan vertiginosamente y vivíamos tan intensamente los cambios que se iban sucediendo a nuestro alrededor que ahora desde la reflexión serena uno añora ese tiempo. El relato del asalto, francamente te lo digo, es muy bueno. Te mete de lleno en el personaje del tirador.
    No quiero pasar la oportunidad de felicitarte como chileno por la lección de solidaridad que habéis dado al mundo.
    Espero que ahora que nos hemos vuelto a encontrar nuestras visitas no sean tan espaciadas en el tiempo.
    Un abrazo

    Me gusta

    • Agradecido por tus conceptos acerca de lo que este escribidor ha colgado acá, viniendo de ti tienen un valor agregado.
      Es cierto que por la época en que estas cosas ocurrieron, el mundo se debatía en corrientes contrapuestas en que cada una de ellas lo tironeaba con mayor o menor violencia, que no disimulo. El saldo de ello fué sólo muerte y dolor. Para todos.
      Europa dividida en dos. Alemania Occidental y Oriental en donde por disposición de Hoenecker se disparaba a matar en contra de quienes quisieran escapar. Ceaucescu, en Rumania hacía de las suyas y al final su pueblo se tomó el desquite, pero aún no se repone del subdesarrollo en que quedó trás el fracasado experimento.
      En nuestra América del Sur y Centro, los tambores revolucionarios resuenan con intensidad y la lucha de clases es impulsada como la solución contra la injusticia y desigualdad. Fidel trata de imponer por medio de la intervención en los gobiernos del área su plan de vuelo: más muerte, dolor y represión.
      En Chile, único país del mundo en que un gobierno marxista se impone por el sufragio, el Doctor Allende llega al poder con un 36% de los votos. También, es el único país en que un gobierno dictatorial deja el mando en virtud de la Constitución Política que él mismo se ha dado. Pierde el Plebiscito, pero, obtiene un 44% de aprobación. Para pensar, en todo caso la cantidad de chilenos que estaban porque continuara.
      Así era el contexto en que se desarrolla la historia del personaje acá reseñada.
      Tuvimos sueños, quisimos un mundo mejor y más justo, no sé hasta qué punto estos anhelos han quedado satisfechos, la Historia lo dirá una vez extintas las generaciones que lo vivieron.
      Con el asunto de los mineros, el mundo ha podido ver la clase de personas que habitamos este recóndito lugar entre los Andes y el Pacífico, con muchos defectos tal vez, pero con una o dos virtudes que como pueblo lo redimen.
      Gracias Almaes, un gusto conversar contigo. Recibe mi mejor abrazo desde acá, el Sur.

      Me gusta

  8. Pingback: Bagatela Nº 2, desde MSN, conversaciones con López. | Laconsultadekurilonko's Blog

  9. Pingback: El comienzo de la pesadilla | LA CONSULTA DE KURILONKO

Exprésate, opina; esa es la idea, con una salvedad: si quieres trolear vé a otro lado.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s