Desde la esquizofrenia


AUOR: KURILONKO

Lo primero que hizo, instintivamente más que nada, fué tratar de enderezarse para constatar aún antes de ello, que se encontraba firmemente sujeto por correas atadas a los tobillos, brazos y cintura, pasando por debajo de la cama. Comenzó sistemáticamente a hacer un inventario o control de daños de su humanidad, como siempre que se encontraba en esa situación. Percibió casi con un sentimiento tranquilizador el sabor amargo-metálico, localizado al fondo del paladar, producto de algún tranquilizante, – Pentotal- se dijo.
Le dolía la cabeza y todo lo que había a partir de allí hasta las rodillas.
Adivinó que tenía la cara hinchada por los golpes, lo que ratificaba con el gesto que, al pasarse la lengua por los labios resecos, sintió la salobridad de su sangre. Le costaba abrir completamente el ojo derecho y la oreja del mismo lado le latía con ferocidad, poniendo en segundo plano el zumbido que rebotaba al interior del cráneo.
-Si alguien apagara la luz-, pensó con desconsuelo, sabiendo que eso no ocurriría y tendría que permanecer boca arriba, con la luz fluorescente azotándole sin misericordia ni tregua las retinas, vaya a saber cuanto tiempo. Sabía además, que gritar sería inútil: nadie vendría.
La experiencia, guardada en quizás que sótano de su inconsciente, le había hecho entender que no había nada más que hacer, sólo dejar que el tiempo pasara con su propio ritmo mientras él se abandonaba a una especie de lasitud infantil. Las olas de dolor le alcanzaban y se recogían. La playa era grande y de doradas arenas. También había acantilados por sobre los cuales planeaban indiferentes aves, como cruces pegadas sobre el cielo gris amenazador. Se esforzó por separarse de su aporreado envoltorio, como había leído que sucede en las experiencias cercanas a la muerte, para flotar hasta el techo de la habitación y quedarse allí, observando su cuerpo doliente, unido a él por un palpitante cordón opaco como el hollín. Pero su cuerpo no se encontraba allí donde debiera y ello, en lugar de causarle algún grado de extrañeza, más bien le tranquilizó. Podía escuchar el ruido del mar golpeando las rocas y el olor salino del agua, que como ráfagas acolchadas iban y venían llenando la estancia, iluminada como vitrina de supermercado. Le hubiera gustado poder romper el cordón y alejarse por sobre el patio y los techos dejando atrás todo lo que entre esas paredes se encerraba, dejar atrás sus recuerdos, por ejemplo. Pero no todos sus recuerdos. No podía ni quería dejar atrás la escurridiza imagen de un niño que desde el fondo plano y vegetal de una foto le miraba con ojos de profunda melancolía, parado en el verde resplandeciente de un jardín, en la plaza del pueblo donde creyó ser feliz. Se veía hermoso- se dijo-disfrutando con fruición la evocación que a tirones le rescató del dejarse ir.
El niño, como de un metro de alto, miraba directamente hacia la cámara, -hacia él- con el ceño ligeramente fruncido. Vestía jeans acampanados y sandalias; de su cuello pendía un colgante que su padre le había hecho con unas delgadas tiras de cuero y un cilindro de loza morisca, en su mano derecha sujetaba una botella plástica de color rojo y su mirada…su mirada que desde el pasado irremediable,y por siempre perdido, parecía querer preguntarle algo que sabía no podía satisfacer.
Sentía frío. Maquinalmente metió las manos ateridas en los bolsillos de la parka buscando algo de calor y se subió el cuello. Desde la pequeña colina en la que estaba, se domina una estación de trenes a unas cuantas cuadras de distancia. El lugar podría haber sido cualquiera, en cualquier parte del mundo lo mismo que la época. El cielo del atardecer avanzado, estaba extrañamente turbio y un viento helado le golpeaba la cara. Tenía claro que estaba allí por algo terriblemente importante que le atañía directamente. Algo relacionado con alguien.
¡Rodrigo!-, exclamó, reaccionando por sobre el embotamiento en que su raciocinio se hallaba sumido y la desesperación le hizo mirar a su alrededor en busca de alguna señal que arrojara luces sobre lo que estaba haciendo en ese lugar y lo más importante, cómo hacerlo.
Sabía que su hijo estaba en alguno de los vagones que formaban los trenes que se preparaban a salir. Sintió angustia porque no imaginaba qué podría hacer para averiguar con certeza el lugar donde éste se encontraba, aunque desde muy al interior de su mente recibía el mensaje de que hiciera lo que hiciera no había forma de evitar lo que estaba por ocurrir. Trató de no pensar. Gritó su nombre hasta que la garganta no le dió más en medio de los mocos y las lágrimas que corrían por su cara. Corrió colina abajo sin saber a ciencia cierta para qué. Llegó al pié de la muralla que se extendía a derecha e izquierda perdiéndose en la bruma que avanzada, le mojaba imperceptiblemente. Sobre su cabeza, la pared se alzaba imponente, recortándose los alambres de púas que la coronaban con nitidez por la luminosidad que proveían los reflectores que apuntaban hacia afuera. Golpeó la pared con sus puños hasta que dejó de sentirlos, poseído de una rabia sorda e inútil, mientras escuchaba que se producían movimientos al interior del recinto. Entrechocar de metal contra metal: ominoso sonido; anuncia que ya no le queda tiempo. En el paroxismo de la desesperación, sus piernas le llevan corriendo hasta la loma en la que se encontraba hace unos momentos para constatar que efectivamente, un tren comienza a moverse hacia la salida. Entonces se percata que cerca del lugar en que golpeara el muro, hay una abertura que antes no advirtió y a tropezones nuevamente corre hacia allá gritando; no le importa que desde el edificio le vean, nada realmente importa ya, tal vez si lo vieran sería mejor, en una de esas una bala interrumpiría su carrera liberándolo por fin del dolor horrible en que quedaría una vez que el convoy se aleje. Pone el alma en cada grito que ya no contiene un nombre ni una maldición ni un ruego, sólo un grito opacado por la pesadez de la atmósfera y lo abierto del campo.
Con el corazón a punto de salírsele por los poros se da cuenta que mientras se acerca, la hendidura comienza a cerrarse lenta e inexorablemente, al tiempo que densas nubes de humo y vapor llenan la estación, separándolo de forma irrevocable y atroz de la única persona por quien recordaba había sentido alguna vez amor.

 

©  La Consulta de Kurilonko  2010-

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17 respuestas a Desde la esquizofrenia

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  3. Escribes deliciosamente, amigo mío. Y adoro tu sentido del humor.
    No sé lo que pensaría Llamazares al respecto (si alguno de tus lectores lee estas líneas: vengo de un comentario dirigido a mí en otra entrada anterior). Hace unos minutos lo vi en el televisor; estaba de entierro. Se ha muerto un sindicalista emblemático. El tipo me caía bien. No tramo nada. Simplemente tenemos pendiente ese enlace a tu espacio y me parece que tu vivencia, la que me compartiste, y que aclaraba algo que yo no lograba comprender bien, también, a quien de con ello, le va a hacer pensar. Un beso 🙂

    Te comento sólo una cosa, aunque sé que nosotros no vamos a llorar por ella.
    La gran mayoría de las visitas, por no decir casi el cien por cien, que como bloggers recibimos no se detienen en nuestras páginas más de diez segundos. La gran mayoría jamás regresan.

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    • (THC mode: ON)
      Gracias por tus palabras amiga mía, leyendo en tu blog lo que escribes y cómo lo haces no pueden sino ser más que alentadoras. No te olvides de guardar los escritos que hemos intercambiado, para cuando nuestros nombres aparezcan en las enciclopedias y los necesiten para consultas… 😉
      ¿Sabes?, creo que, a fin de cuentas imagino lo que diría Llamazares: que esa es la forma en que nunca debió haberse llevado a cabo. Lo condenaría, creo. El es de una nueva generación de políticos en general y socialistas en particular. No es el “socialista renovado”, sino el “nuevo socialista”, lo que a fin de cuentas, para la demos, es bueno. No lo imagino dirigiendo un discurso incendiario llamando al proletariado a tomarse los medios de producción. En fin, voladas mías…
      Si alguien leyendo, cuando esté publicado, a lo que aludes se siente inclinada a dar una nueva mirada al proceso de instauración del Hombre Nuevo en mi país, bueno, pués es magnífico. Como en todo proceso de cambios sociales, hay más de una visión sobre los motivos y consecuencias de ellos así como de su valoración desde el cómo nos tocan en lo personal e inmediato.
      Bueno, por las visitas, como dices, no llevaremos luto. A lo que agregaría que de esa cantidad de visitas, la cantidad de quienes opinan queda reducida a una dosis homeopática.
      Este post, en mi “himajinación” y proyecto, vá antes de “Chile Septiembre…”, los cuales, a su vez se corresponden con otros tres que están en Lluvia de Ranas, además de una conversaciones vía MSN con un amigo y un par de correos que hemos compartido, lo cual a su vez, vá precedido con lo que está en aquél diskette inaccesible. Es como un Lego.
      Recibe un gigantesco abrazo.

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  4. Se me olvidaba comentarte, que el oído, cuando mis ojos le captaron, a Ll., el derecho, me hizo un vértigo. Lo que duró la imagen. Yo es que con mis oídos… tengo una historia de lo más especial 🙂

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    • (THC mode: ON)
      Deberías analizar más detenidamente ese hecho. Tal vez algunas porciones de tu mente tienen una crisis de identidad bárbara, y han descubierto que en realidad son derechistas no asumidas… 😉 ahora, si llevamos un poco más allá el asunto, en realidad el impulso que determinó ese vértigo, provino del hemisferio izquierdo del cerebro.

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  5. Y también que todavía no he dado con aquel documental de los astros, Júpiter, y Saturno, que habíamos comentado algunos meses ha ya …

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  6. (THC mode: ON)
    No hay apuro mujer, ¡ Por Tutatis!
    Todo tiene su tiempo y el tiempo de cada uno es un recurso no renovable aunque si administrable. Esperaré parado bajo la lluvia 🙂
    Saludos afectuosos y mi mejor besote.

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  7. Te diré que hacía que no me hacía un vértigo el oído desde una noche de abril, en Rabanal del Camino, a dónde me voy próximamente (León); estaba sentada con un joven que me había estado esperando, quería algo, se lo di pero no muy convencida, más bien le escuché, ya sabes, una de esas historias de desamor… Alguna vez más me ha sucedido, muy pocas. La primera fue leyendo a un joven filósofo. Y esto de Llamazares pues me ha descolocado a medias. Mi ojo hábil es el izquierdo: tienes razón, con ese le vi primero 🙂

    Yo THC off. Pero esta última toma de la sustancia, que duró de la Luna Nueva a la casi Llena… fue la más mística y gocé de una paz envidiable hasta por mi misma.

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  8. FRANK dijo:

    escribes bien alcanzando un poco la complijidad para entender un poco lo q pasa por esa cabezita loca (jeje)…es muy interesante lo que sale en tu blogs,cosas q por ejemplo han pasado y uno no tiene idea y no esta de mas informarse de esos acontecimientos y un poco de cultura general..saludos hermanito y sigue escribiendonos cosas para leer un rato y sacar provecho…

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    • Gracias, Frank.
      Me alegra una barbaridad que las cosas que escribo te gusten y pienses que de ellas se puede sacar algo de provecho. Trataré, en lo posible de escribir más seguido pero tu sabes, el yugo me deja poco tiempo.
      Con mi mejor abrazo 😉

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  9. Pingback: Desde la fluoxetina, me siento triste | Laconsultadekurilonko's Blog

  10. Pingback: DESDE LA FLUOXETINA.ME SIENTO TRISTE. | LA CONSULTA DE KURILONKO

  11. Escribes “exquisitamente”…
    Gracias por compartirlo 😉

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Exprésate, opina; esa es la idea, con una salvedad: si quieres trolear vé a otro lado.

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