No mi suboficial, volado no se ven mujeres en pelotas.


Para entender de qué trata esta historia y ver por donde vá el asunto, recomiendo leer la primera parte:“Dos hippies en la mili”.

También, para entender el por qué de la idea expresada en el título, tendré que llevarlos a la época en que esto ocurre, en donde el concepto que a nivel general se tenía acerca de este enteógeno, era distinto al de hoy, en el sentido de que muchos mitos acerca de sus efectos había prendido fuerte y se daban como totalmente ciertos.
Cuando llegò la hora de mi hora y tuve que presentarme en el gimnasio de mi pueblo (entonces)  para la ùltima selecciòn de los que se iban al servicio militar, me habìa encargado la noche anterior de cortarme la melena punto menos que al cero, y asi, con un nudo a nivel del plexo solar lleguè al lugar. Ahì ya estaba mi yunta,Pancho. Los dos tratando de disimular nuestra preocupaciòn. No es ni era chiste lo que significaba  el trámite en todo caso.
Y la hora de la verdad llegó, señores: Los de la fila de acà, van. Los de esta otra fila, no van. Ese otro lote, queda a la espera.
Y quedè en la fila de acà. Pancho, en la otra: se quedaba.
Me mira el compadre, y trás lo que creo un instante en que diversos demonios debatían en su interior, sale de su fila y se acerca al que despuès sabrìamos  era el Suboficial M y habla algo con èl; M a su vez, và y habla con el que màs tarde sabrìamos era el Capitàn L, comandante de nuestra compañia. El comandante señala a uno de los que estaban en mi fila, lo llama y lo pone en el lote de los que se quedan, y veo con sorpresa, admiraciòn e incredulidad, que mi yunta con sus pertenencias al hombro se instala a mi lado. Nos miramos con algo así como una sonrisa interior de este porte.
No es de extrañar, entonces, que unas semanas después mientras ambos subìamos arrastrándonos por el valle de las làgrimas en medio de nuestro entrenamiento, mi amigo no dejara de decirme sudoroso y con la boca seca algo que nunca olvidarè:”¡Por tu culpa mierda!”. Y yo, jadeando, le replicara que no le había pedido que viniera, que él solito se había metido en el lío y que se dejara de huevadas: no había vuelta atrás.
Asi las cosas, al principio los dos nos fondeábamos en algun lugar a fumar nuestro cuete ( pito,faso,porro, peta); o si no, cuando nos tocaba hacer algo juntos fuera del alcance de miradas indiscretas y así, sin proponérnoslo, nos encontramos fumando con los de otras compañìas, en unos troncos que habìa al fondo de la escuela.
Ahì fuè donde nos sorprendiò el Cabo Q, y nuestra pasada por la oficina del Capitàn L, relatada en el capìtulo que LES DIJE QUE LEYERAN ANTES.
A esta altura del partido, ya sabìamos quièn era el Suboficial M, y por què le decìan El Perro.
Era nuestro comandante de secciòn. O sea era el tipo que estaba al mando de nosotros, Pancho y yo. Le decìan El Perro, pero no por lo que Uds. imaginan sino por la cualidad que tenìa de dar las voces de mando: lo hacìa con un grito que se asemejaba bastante con el sonido que hacen estos irracionales. Pero en  lo demàs, era un tio formidable: Tenìa infinidad de cursos hechos; para la època tendrìa unos 50 años y ni se arrugaba para trotar con nosotros 20 kms. de una; super derecho, si la cagabas, te cagaba. Sin disculpas ni nà. ¡Fila!, le gritaba en las narices al conscripto que hubiese caìdo en desgracia y eso significaba que el asunto no tenìa vuelta. Nada màs que hablar.
El punto negativo, era que le gustaba el trago.
No era un borracho que anduviera dando mal ejemplo. Pero nosotros sabíamos ya que, cuando andaba con lentes oscuros y/o mascando chicle, era porque se habìa puesto sus tequilazos.
Asi las cosas, a nosotros no nos extrañò que aquel dia sabado que estàbamos de emergencia sin salida, como a las 3 de la tarde nos mandara a llamar a su oficina.
Y para allá partimos.
Entramos y nos dimos cuenta que mi Suboficial, se encontraba disfrutando de los efluvios de alguna pociòn espirituosa, disimulada u oculta en alguna parte. En una pared, diplomas y certificados que acreditan sus especialidades: buzo táctico, explosivista, paracaidista, comando; en fin, no las recuerdo todas. Fotos: su paso por la Escuela de las Américas, en Panamá.
Nos mira, y para romper el hielo, para que entremos en confianza y veamos por dónde irá la cosa nos dice:
-Asi es que Uds. son los pelafustanes, que fuman yerba???
Tragamos saliva a dùo con mi yunta, y no dijimos nada porque, ¿Què mierda le ìbamos a decir?, ¿negarnos, si todos sabìan y se hacìan los lesos?, ¿apechugar?.
Si, mi suboficial, contesta Pancho. Confiando en que el tipo no nos iba a joder porque si.
-A ver, nos dice. (dirigièndose a mi), y ¿es cierto que vos teniai un conjunto y tocabai guitarra?.
– Si mi suboficial.
Pero todos esos huevones de artistas son maricones.
-Yo no mi suboficial. Miràndolo fìjamente.
-¿Còmo que no?, si para mas cagarla usabai el pelo largo.
-Yo tambièn usaba el pelo largo, mi suboficial, le espeta mi yunta.
-O sea que los dos son maracos???

Y ahì Pancho le pone la estocada sin làstima:Si mi suboficial, a su orden, por eso nos vinimos a la escuela pá no estar solos.
El suboficial nos mide quizàs con què mirada porque sus lentes oscuros no dejaban verle los ojos.
-Son farsantes, el par de volaos, replica con algo cercano a una sonrisa.
Ahì con alivio, nos damos cuenta que la entrevista iba a continuar màs por el camino de las confesiones y chanza que por el borde de algun despeñadero.
Ya pués, cuenten y ¿ es cierto que volao se ven mujeres en pelotas? y que Uds. cuando estàn volaos se imaginan que se estàn faenando a las señoras de los oficiales?.
Casi nos cagamos de la risa en sus barbas, pero, entendìamos de sobra que la confianza incipiente de la que estàbamos disfrutando se podìa ir al reverendo cuerno, por lo que decidimos bajarle el perfil al asunto y aclararle la pelìcula hasta donde se pudiera al hombrecito.
-No mi suboficial, volao no se ven minas en pelotas ni tampoco uno puede afilarse a las señoras de los oficiales ni de los suboficiales (esto ùltimo acompañado con una significativa mirada dirigida a èl), porque uno està en otra.
Y aquì hace la pregunta del millòn de dòlares: ¿Què se siente??
-Y ahì quedamos en blanco con mi socio. ¿Còmo explicarle a alguien lo que se siente, si eso incluso ahora, me resulta imposible?. ¿Compararla con lo que èl tenìa como experiencia, el trago?.
De tal manera, que de esa conversaciòn, quedò la idea de que, en realidad, la cosa no se puede explicar, y que sòlo la experiencia propia resuelve el misterio.
Y asi fuè, palabras màs o palabras menos, concluyò esa tarde de confidencias.
Pasó tal vez un mes, y nos fuimos de campaña.Dos semanas hueveteando fuera de la escuela.Con Pancho estàbamos bien provistos, amèn que ya no èramos los ùnico que consumìamos en la compañìa.
Después de un dia de los mil demonios en que habíamos tenido que, aparte de cargar con nuestros equipos, afrontar una marcha forzada de casi 25 kilómetros, tratábamos de descansar en nuestras tiendas de campaña.Comenzaba a anochecer, cuando el Suboficial, nos manda a llamar.
-Ya par de huevones, vayan sacando un pito, porque quiero probar la marihuana, nos larga sin vacilar en un tono que no admite dudas ni segundas interpretaciones.
Con mi yunta, jamàs nos habìamos puesto en esa situaciòn, por lo que la solicitud nos llegó como un fierrazo en pleno cráneo.El mundo entero pareció detenerse en su eje con un chirrido de prolongado silencio. What can we do,Oh Lord??
-Miren volaos, yo no soy hueòn, imagino que deben de haber traìdo un entierro. No se iban a pasar todo este tiempo sin fumar. Asi que vayan soltando la huevadìta.
-Con mi yunta, nos miràbamos sin atrvernos a decir nada esperando a ver para dònde cortaba la conversa.
-En serio, mi suboficial, si no trajimos nada- Pancho dice sin mucha convicciòn .
Ya, señores, consíganme un pito, y les doy mi palabra de soldado que acà no pasa nada.
Ahì ya cambiaba la cosa.El hombre estaba comprometiendo su honor, aunque fuera por una tontera al reverendo carajo, pero le escuchamos claramente y eso no tenìa vuelta.
Ya mi suboficial, nosotros vamos y le conseguimos uno.
¿Y ahora, que mierda hacemos?, nos preguntàbamos mientras ìbamos en busca de nuestras mochilas.
Y asi fuè que de vuelta a la carpa del suboficial, le pasamos el cuete, y le enseñamos metòdicamente el còmo  fumar.
Al rato, ya con apenas la colilla entre los dedos, el objeto de nuestros desvelos nos dice:- No pasa nada, no se siente ninguna cosa, y al decir “cosa”, notamos que tiene la boca terriblemente seca y los labios se le pegan en las encìas.
Nos miramos con mi socio:Nuestro comandante de secciòn estaba chato y nosotros no ìbamos a poder contàrselo a nadie. (Lògico, èl habìa comprometido su honor, y con ello, nosotros tambièn estàbamos obligados).
Estàbamos en eso, el suboficial asumiendo que estaba voladito y tratando de disfrutarlo, cuando llega un cabo y nos dice, arrugando la nariz por el olor, pero disimulando: Mi capitàn ordena que tome la secciòn y vaya a la cabecera del aeròdromo a cubrir una linea de defensa porque por ahì van a atacar los azules (nosotros èramos rojos).
-¡Cagamos!, exclama El Perro. Ya soldados vamos. Uds., conmigo.
Y partimos con el resto de la secciòn, a oscuras, a tomar nuestras posiciones.
Tenìamos que funcionar como una avanzada y esperar que aparecieran los enemigos y agarrarlos a balazos (de fogueo, of course) tratando de impedirles el paso , para que el resto de la compañìa tuviera tiempo de defenderse.
Una bengala roja lanzada al aire significaba que el ejercicio terminaba.Y ahì nos quedamos, tirados,cagados de frìo, chatos, esperando que aparecieran los azules. Nunca aparecieron.
Ya habìa pasado la medianoche, cuando se viò la maldita bengala roja, asi es que nos paramos y partimos hacia los hangares que era el punto donde nos reunirìamos con el resto.
Nos fuimos acercando, hasta que entramos a lo iluminado del campo y ahì con un ¡la puta que los parió!, nos damos cuenta que el campo habìa sido tomado por los azules, que tenìan a todo el resto de la compañìa y que nosotros tres èramos los ùnicos imbéciles que faltaban para completar el màs grande fracaso de la compañìa: Todos prisioneros.
Caminando rumbo al campamento, derrotados, con mi socio no podìamos dejar de pensar que, tal vez, si no hubiera sido por nosotros dos, no habrìamos hecho el ridìculo de esa manera ya que, el enemigo pasò a menos de cincuenta metros de donde estàbamos y nosotros ni supimos. Tampoco nunca contamos lo que sucediò , bàsicamente porque si lo hubièramos hecho, el resto de la compañìa, que quedò completita con 2 dias de arresto (dos fines de semana sin salir), se habrìa sentido muy molesta con nosotros y vaya a saber que pateadura nos habrìamos llevado.

Si quedó claro algo: volado no se ven mujeres en pelotas

© 2008. La Consulta de Kurilonko.

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5 respuestas a No mi suboficial, volado no se ven mujeres en pelotas.

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  3. almaes dijo:

    Me lo he pasado genial leyendo tus batallitas. Muy divertidas y amenas, tu imaginación como siempre desbordante.
    Un abrazo

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    • ¡¡La imaginación al poder!!!
      Gracias viejo querido, se hace lo que se puede, en tó caso.
      Ocurre que, de repente, en los meandros de la mente se encuentra un destello de algo que tal vez, tal vez, valga la pena ser compartido.
      ¡¡Canta, Almaes, canta!!.

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Exprésate, opina; esa es la idea, con una salvedad: si quieres trolear vé a otro lado.

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