PANCHO Y EL MATAMOSCAS DE PLÁSTICO VERDE.


AUTOR: KURILONKO

Libertad virtual

© La consulta de Kurilonko.

La verdad-verdad es que sabía lo que se avecinaba. Entendía las señales, no tenía dudas, menos temor. La inminencia de las medidas correctivas que desde algún lugar del edificio habían sido decretadas, no provocaba en él más que el deseo de encararlas. Tenía claro,-no era un imbécil- que su acción de la noche pasada traería consecuencias. A sabiendas lo había hecho y además, disfrutado. Por lo mismo con dedicación certera, armado del matamoscas plástico y de color verde con que Rosita,-una de las auxiliares de aseo del lugar le había premunido-, desarrollaba su labor. ¡Plaf!: una menos que había quedado convertida en un amasijo, estampada en el cielo raso del comedor de los empleados.

A través de los vidrios, y luego de la reja que cerraba la ventana que daba al patio y de los barrotes que verticalmente paralelos bloqueaban cualquier intento de abrirlas, miró la fauna de seres espectrales,-humanos espectrales-, zombificados, desconectados de si mismos que deambulan de manera aleatoria enfundados en ropas que la caridad les hacía llegar. Caminaban. Unos, se detenían como llamados por una voz venida quizás de donde e inclinando la cabeza escuchan con gesto reconcentrado; un remedo de sonrisa en sus bocas desdentadas, tal vez un movimiento con las manos y a seguir arreando sus cuerpos por los senderos embaldosados hasta que la misma voz, o quizás otra, volviese a interrumpir sus paseos. Otros, estáticos, gárgolas verdosas por el orín de los tiempos, apoyados en las paredes de los pasillos que delimitaban el patio. Otros, sentados o parados, miradas extraviadas, repitiendo una y otra y otra y otra vez los mismos movimientos en una compulsión minuciosa y decidida. Pero él estaba aquí, vivo, funcionando, matando moscas, artilugio verde en ristre: ¡ Plaf! Y tenía conciencia de si y de la masacre mosquística que estaba perpretando como resultas de la labor que le habían encomendado. No era como ellos. Pero estaba aquí, igual que ellos.

Había renunciado al intento de medir el tiempo calendárico. Para él los hitos delimitatorios del ¿existir? estaban dados por una ratahíla de hechos que se sucedían con incierta regularidad. El más relevante, sin lugar a dudas, era las salida junto con una buena cantidad de sujetos archivados en esta bodega de olvido, apretujados en una minivan rumbo a la oficina encargada de pagar sus pensiones por incapacidad. Ocasionalmente, cuando leía en la papeleta la palabra “incapacidad”, una especie de retortijón sordo le subía desde alguna parte de su humanidad y no sabía por qué. No se explicaba la razón de ese como escrúpulo de saber que oficialmente, para todos los efectos legales, era un sujeto inhábil, incapaz de manejar su vida,- o puta vida-, como él mismo la definía, porque,- aunque parezca contradictorio-, lo tenía más que claro y también asumido, inmerso en una especie de gelatina semitransparente de resignación y pena. Sabía por qué. Sabía por qué. Sabía por qué estaba acá aunque la razón de ese por qué poco a poco se había ido haciendo mas desvaída, como esos carteles pegados en las murallas de una ciudad que trás recibir las lluvias y soles de las estaciones, al final lo único perceptible de ellos es, prácticamente, el espacio donde estuvieron. Sus letras y dibujos, el mensaje, desaparecidos. Sin embargo, la pena no se había ido. Tampoco sus pesadillas. Muñones de recuerdos ocasionales le azuzaban con neutra insistencia, como si a éstos no les interesara particularmente el objeto de su razón o la razón de su objeto. Sabía, eso sí, que había tenido una vida, otra vida. También que debió haber muerto y que ambas posibilidades, existentes y compementarias, habían sido arrastradas al desván de los semi-recuerdos por la ríada incontenible del alcohol benefactor, igualador de ángeles y demonios y allí, canceladas, irremisiblemente neutralizadas. Se había dejado arrastrar como el contenido del lavabo por el impetu del torrente. Nada importaba. Nada le importaba. Por lo demás ¿ qué podría importarle? Estaba aislado del sentir, desear, planificar. Todo era un hoy interminable, con altos y bajos como mareas que golpean sordamente en los enclenques cimientos de su humanidad. Olvidado para el resto de los terrícolas, no recibía visitas salvo de su amigo que de tarde en tarde se aparecía. También había olvidado al resto de sus congéneres. Eso era todo.

No se sentía culpable por la cagada que se había mandado. Llegó a hablar dos veces con el director del tinglado para hacerle saber lo incómodo de la situación. No le había hecho caso. Le miró escuchando la exposición para la que se había preparado minuciosamente. Un par de veces había asentido con la cabeza y otras tantas había negado; pero, la mayor parte de la entrevista el director la había dejado discurrir con la calva testa inclinada hacia un lado.
Mira Francisco- le había dicho- entiendo perfectamente que a tí te pueda resultar molesta la costumbre de tu compañero de habitación pero, somos adultos y no creo que sea algo terrible que se masturbe, es natural. Por otra parte, por una cuestión de disponibilidad no hay dónde pudiésemos trasladar a uno de ustedes, lo siento, de verdad.
Claro, a usted le resulta muy fácil decirlo porque no está en mi lugar- replicó- no tiene idea lo que es tratar de conciliar el sueño con un infeliz de mierda pajeándose a su lado. Y no se trata de pudor, es simplemente que me tiene repodrido escucharlo jadeando y haciendo ruidos húmedos.

En vista del fracaso de sus incursiones petitorias, decidió tomar medidas. Lo primero fué definir qué tipo de medidas.

Y así, un buen día la inspiración le dió un agarrón en el culo, mirando primero y conversando después, con los maestros electricistas que modificaban la instalaciones de uno de los pasillos: ¡cómo no se le había ocurrido antes! Haciéndose el inocente, pidió al que parecía ser el mandamás de la dupla si le podía regalar un pedazo de cable, para- mentira- hacerle una antena a un receptor de radio. ¡Fácil! le dió como dos metros. Lo segundo que hizo un par de días después y mientras aseaba la salita de los celadores fué sacarle el resorte de acero que ayuda a mover el mecanismo de esos bolígrafos que tienen un botón en un extremo que hace que la punta asome.  Mientras pensaba en la ejecución de su plan reivindicatorio-revanchista, su puesta en escena, con maquiavélica delectación, no podía evitar sonreír o derechamente lanzar una carcajada completa. Sería genial. Ingenioso. Es de esperar que no quedara una cagada demasiado escandalosa-reflexionaba- pero, ya estaba en movimiento. Y sí, se sentía con el ánimo dispuesto a afrontarlo. El hecho de darse cuenta que podía elaborar un curso de acción puso en él una especie de incomodidad extraña; esa aptitud había estado demasiado tiempo ocultándose al interior de los meandros de su mente y había aflorado prístina e ineludible. Le acicateaba, además.

El plan era muy simple. Los catres de que disponían eran metálicos, atornillados al piso y no se desarmaban. También era metálica la red de huinchas que sostenía el colchón. O sea, eran potencialmente una cama eléctrica, sólo que no pensaba en electrocutar al incordio adyacente sino, sólo darle un escarmiento de padre y señor mío. Esa era la razón del resorte de acero: una resistencia eléctrica que acomodaría a cierta distancia del comienzo del cable y que disminuiría el voltaje con que llegaría la descarga. ¿Funcionaría? Por supuesto.

Obligadamente había tenido que ver y escuchar a su compañero noche trás noche y tenía suficientemente claro su accionar: cuando sus jadeos se intensificaban anunciando la inminencia del desborde abría las cobijas y se giraba a la izquierda y con esa misma mano se afirmaba en la pared.

Así las cosas, aquella ventosa tarde otoñal, mientras el rebaño se encontraba en la sala común mirando tele o simplemente existiendo, se deslizó al dormitorio y realizó la instalación: un punta del cable la sujetó al extremo de una de las patas del catre de su compañero, colocándola debajo, apretada contra el piso de madera. Pasó el cable por detrás de la mesita de noche y lo dejó esperando, listo para meterlo en uno de los agujeros de la toma que estaba en su lado, detrás de la cabecera de la cama. Sabía cuál de los dos terminales era el que llevaba la corriente: en el que se veía que desembocaba el cable rojo. Volvió a la tele, tranquilo, haciéndose el huevón con casual desinterés.

Mientras se acostaban, los demonios de su maldad batían palmas preparándose para lo que vendría. Se apagan las luces y de inmediato busca a tientas la toma eléctrica y el cable. Espera. Ruidos en la cama contigua, los ruidos acostumbrados por lo demás. Se aceleran, se apaciguan, vuelven a acelerarse de manera sostenida, preámbulo premonitorio que coronará su vendetta. Sonido de los cobertores al ser retirados con estertóreo movimiento de piernas; sonido de cuerpo girando, cable metido en el hoyo del terminal rojo. Grito espantado, sostenido en una especie de falsete. Bulto incorporándose sin parar de gritar tropezando en su cama. Escándalo. El idiota sigue gritado desaforado. Tirón para retirar el cable y esconderlo dentro de uno de sus zapatos. Se encienden las luces, aparecen los celadores nocturnos con rostro avinagrado, con la disposición anímica de propinar unos cuantos mandobles. El pajero tratando de explicar algo, los mastodontes tratando de sacar algo de sustancia de sus alaridos y acusaciones al voleo. Miran a Francisco y captan… saben que algo ha hecho sin tener la puta idea de qué.

Por eso, no le llamó la atención cuando Rosita le dijo:” Panchito, por favor ayúdeme a matar unas pocas moscas del comedor de nosotros”, al tiempo que le alcanza el instrumento de muerte que portaba en la mano. El entendió, le dejaban en espera. La espera terminaba. Vió que por la única puerta entraban los celadores de día: cuatro y dos más quedaban afuera. Sabía que una vez consumada la escena le pondrían sedantes y resucitaría un tiempo indeterminado después, abriéndose paso entre oleadas de dolor e imágenes refulgentes, emergiendo desde el fondo de un mar turbio hacia la tenue luz que parece espejear en la distante superficie. Bocanada angustiante de aire salobre antes de ser sumergido de nuevo mezclado con  sonidos de ciudades y viento entre árboles frondosos bajo un cielo encapotado. Fotografías y sonrisas de personas que seguramente alguna vez amó. Y que tal vez, le amaron. Ataduras que lo sujetarían a una cama, luces permanentemente encendidas como vitrina de supermercado. Olas y sonidos de mar lejano, entrechocar de vagones de tren al ponerse en movimiento. El rostro de Romi, su amigo, acercándose y alejándose al darse un beso en cada mejilla en un aeropuerto lejano. Disparos. Noches y días en medio de un calor abrasador, arena. Dolor indescriptible. Tenía que cumplir con su papel, el público le llamaba. Todo estaba dispuesto. Vió inquietud en el rostro de quienes tendrían que reducirlo; por experiencia propia sabían que no sería fácil ni gratis y que todos saldrían lastimados: él en su cuerpo; ellos en sus cuerpos y autoestima. Avanzaron. El esperó, como tanto tiempo lo había hecho y tantas veces. Esperó. Estaba vivo. No era como ellos pero, como ellos, estaba aquí y ahora.

© La Consulta de Kurilonko 2015.

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5 respuestas a PANCHO Y EL MATAMOSCAS DE PLÁSTICO VERDE.

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  2. Matias dijo:

    Qué bien Kuri! Qué bien! Plaf!!

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  3. etarrago dijo:

    Me encanta leerte, Kuri, extenso, profundo y aleccionador.

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Exprésate, opina; esa es la idea, con una salvedad: si quieres trolear vé a otro lado.

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